¿Por qué rechazaron el banquete celestial?


Por S.E.R. Mons. Pedro Pablo Elizondo Cárdenas, L.C / Mestizo

@PedroPablObispo

“El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas
para su hijo. Mandó a sus criados para que invitara a sus invitados, pero estos
nos quisieron ir”.

  1. Con inmensa ilusión el rey va preparando el gran banquete de la boda de su hijo, con
    platillos suculentos, vinos exquisitos y manjares sustanciosos. Con ese banquete
    preparado nos espera, muy ilusionado y ansioso Dios nuestro Padre del cielo. Ni el ojo
    vio, ni el oído escuchó, todo lo que Dios tiene preparado para sus elegidos. Un
    banquete en el Reino de los cielos que es reino de paz, de felicidad, de amor y de
    descanso eterno. Y todos estamos destinados a participar de ese banquete del Reino de
    los cielos, pero ese Reino de los cielos ha iniciado en la tierra y aquí también se nos
    invita a degustar los vinos exquisitos y los manjares suculentos preparados y ofrecidos
    en la Iglesia de Jesucristo. Ahí están servidos los alimentos más exquisitos, nutritivos
    y substanciosos: el pan de la Palabra, el pan y el vino de la Eucaristía, los santos óleos
    que nos ungen en el Bautismo, en la Confirmación y en las Órdenes Sagradas. Ahí está
    la alegría de la convivencia fraterna que comparten los alimentos y celebran las fiestas
    de nuestro Señor Jesucristo. Todo esto preparado primorosamente por Dios en su
    Iglesia santa.
  1. Pero, ¡qué sorpresa y qué frustración tan grande! para ese rey tan generoso que
    esperaba la presencia gustosa y alegre de todos sus queridos invitados. Ese rey es Dios
    que con infinito amor e ilusión nos ha preparado este banquete del Reino que se inicia
    en su Iglesia. ¡Qué gran decepción! recibe de sus invitados más queridos que tienen
    tiempo para todo menos para asistir al banquete. La soberbia y la autosuficiencia del
    hombre pretende prescindir de Dios y de sus gracias, pero su corazón se queda
    inquieto hasta que no se acerque a Dios. Su corazón no se puede llenar con solo los
    bienes materiales que él puede conseguir. Sin Dios tarde o temprano se sentirá vacío
    pero su soberbia no le permite reconocer la necesidad de Dios. Los bienes materiales,
    las diversiones, los caprichos pueden ocupar su corazón, pero no llenarlo. Y sin
    embargo Dios, como el rey de la parábola, respeta la libertad del hombre, no lo obliga
    a asistir al banquete porque el hombre frente a Dios no es un esclavo sino un hijo y un
    amigo. Y Dios ha preferido ser amado más que obedecido porque solo de la libertad
    surge el amor.
  2. “Vino a los suyos y los suyos no le recibieron, pero los que sí lo recibieron les dio
    poder de ser hijos de Dios”. A los soberbios, los destronó y despidió vacíos; a los
    pobres y humildes les colmó de bienes. Para aceptar a Dios y su Reino y su banquete
    necesitamos ser humildes, reconocernos chiquitos frente a su inmensidad, frágiles
    frente a su fortaleza inquebrantable, vulnerables ante su firmeza, perdidos en la
    infinitud del universo. Solo con él nos sentimos fuertes y seguros. Para aceptar la
    invitación al banquete necesitamos sentirnos hambrientos del pan de vida eterna. Si
    nos encontramos atenazados por los afanes de esta vida, por las diversiones y las
    distracciones de este mundo, si hemos caído en el consumismo compulsivo, si el
    egoísmo individualista nos ha alejado y aislado de los demás, no tendremos ni tiempo
    ni ganas de aceptar un banquete celestial. Si estamos empachados de mensajes tóxicos,
    no nos llamará la atención ni podrán deleitar nuestro paladar los manjares suculentos
    del banquete celestial. Dichosos los que tienen hambre de paz, de justicia y de amor
    porque serán saciados en el banquete celestial. Dichosos los que tienen hambre de
    santidad, de verdad y de vida, porque serán saciados en el banquete celestial.

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