Mensaje dominical de Mons Pedro Pablo Elizondo Cárdenas. 31 de Enero 2021

“ENSEÑABA COMO QUIEN TIENE AUTORIDAD Y NO COMO LOS ESCRIBAS”

Los que escucharon a Jesús, se dieron cuenta que era un maestro y así lo llamaban todos. Pero también se dieron cuenta que era un maestro muy especial y muy diferente a todos los demás. No llevaba toga ni birrete de maestro. No se sentaba en una cátedra de maestro. Vestía como todos, una simple túnica artesanal, pero era un maestro que no enseñaba como los demás maestros escribas. No enseñaba solo en las Sinagogas sino también en el monte y hasta en la orilla del mar desde una barca. Parecía muy normal, pero el brillo de sus ojos era especial como que llevaba a Dios en su alma. Y el tono de sus palabras, también sonaba diferente, como que tenía a Dios en su corazón. Y de la abundancia de su corazón, hablaba su boca.

¿En qué residía la fuerza de su autoridad? Ante todo, su autoridad emanaba del testimonio de su vida que encarnaba todas las bienaventuranzas del programa de vida que había propuesto. Proclamaba dichosos a los pobres y él era el primer pobre de espíritu. Proclamaba dichosos a los limpios de corazón y era el primer limpio de corazón. Proclamaba dichosos a los mansos, humildes y promotores de la paz y él era el primer manso y humilde de corazón. En segundo lugar, la autoridad le venía de una sabiduría extraordinaria que emanaban de sus palabras de las que todos quedaban asombrados. En tercer lugar, su actitud era de humildad y sencillez; no de arrogancia como los escribas ni con intenciones torcidas como los fariseos que se aprovechaban de los más pobres y de las viudas. Y, en cuarto lugar, la autoridad de Jesucristo, radica en la fuerza de su palabra que provoca un cambio y una transformación en lo más profundo de las almas y también de los cuerpos. Su palabra es viva y eficaz como la lluvia que empapa la tierra y la hacer germinar y dar fruto. Su palabra es como espada de doble filo que penetra hasta la médula de los huesos. Su palabra es levadura que fermenta la masa y la transforma; tiene la potencia de transformar la existencia de las personas.

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No escuchemos a los maestros que no son testigos. No escuches a los maestros que tienen pureza de intención, que buscan su interés personal, no el bien de los alumnos. No escuchemos a los maestros que abusan y se aprovechan de sus alumnos. Escuchemos solo al maestro de maestros. Seamos discípulos fieles y seguidores del único maestro. Dejemos que su palabra caiga en la tierra buena de nuestro corazón, para que produzca fruto de vida eterna. Dejemos que su palabra penetre como espada de doble filo en nuestro corazón. Dejemos que su palabra como levadura transforme toda la masa de nuestra existencia. Dejemos que su palabra como lluvia del cielo, empape nuestra tierra, la haga germinar y producir muchos frutos que duren para la vida eterna. Amen.

Monseñor Pedro Pablo Elizondo Cárdenas

Obispo de la Diócesis de Cancún-Chetumal

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