Mensaje dominical de Mons. Pedro Pablo Elizondo Cárdenas. 21 de febrero del 2021

“CONVIÉRTANSE Y CREAN EN EL EVANGELIO”

La conversión es cambiar de dirección. Cuando vamos por una carretera y de repente nos damos cuenta que nos estamos alejando de la meta, que estamos perdidos, que ya no sabemos hacia dónde vamos, tenemos la necesidad de dar vuelta en “U”, de abandonar el camino que llevábamos y emprender hacia otra dirección.


Cuando recorremos caminos que nos alejan de Dios y nos dejamos llevar por las pasiones desordenadas: la codicia, la avaricia, la lujuria, la soberbia, la envidia, la pereza y la ira; y la vida se va precipitando hacia la muerte, provocada por el pecado; entonces es necesario parar, es urgente convertirnos.

La conversión nos ofrece caminar por el sendero seguro de las virtudes. Es asumir la hermosa llamada de Jesucristo que con claridad nos dice: “Conviértanse y crean en el evangelio”. Contrario a una vida envuelta en pecada, la conversión significa creer, tener fe, vivir con esperanza, y practicar el amor. La conversión es esforzarnos en vivir como Cristo vivió: en humildad, la generosidad, la mansedumbre, la pureza, la pobreza, etc.


Con alegría, Jesús enseñaba: “Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos; dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios; Dichos los misericordiosos, los mansos, los humildes, los constructores de la paz” (cf. Mt 5,3-12). Éste es el camino que nos conduce a Dios.

Convertirse es cambiar de dirección, y en algunos sentidos, convertirse es también cambiar de dios: en lugar de adorar y de buscar los ídolos del poder, del dinero, del ego y del placer terrenal, convertirse será poner al centro de todo lo que somos al Dios vivo y verdadero, a Jesucristo nuestro Señor, que vino a darnos vida y vida en abundancia (cf. Jn 10,10).

Convertirse es una lucha. Dice el evangelio que Jesucristo fue llevado al desierto y allí fue tentado por el demonio (cf. Mc 1,13). Para poder avanzar en el camino hacia Dios, a veces, es necesario nadar contra corriente, ir en contra de nuestros impulsos, sentidos, pasiones desordenadas, pues el mundo y el demonio, nos tientan, nos seducen, nos arrastran lejos de Dios, lejos de la virtud. Para vencer la corriente que nos quiere arrastrar lejos de Dios debemos empuñar las armas con las que nos defenderemos: el ayuno, la limosna y la oración. Jesucristo fue al desierto y ayunó cuarenta días sin tomar alimento, ése ayuno es signo y símbolo del control, del dominio de nuestros apetitos, ayuno de nuestras imaginaciones desordenadas, ayuno de nuestra memoria, de nuestros recuerdos que nos dañan, que nos perjudican y que nos arrastra hacia el pecado. Con el ayuno y con la oración también vencemos la tentación., “Vigilad y orad para que no caigáis en tentación”, nos dice Jesús. Debemos estar atentos a las tentaciones del demonio para no dejar que nos engañen.


También necesitamos orar; orar siempre para recibir la luz, la fuerza, la gracia del Señor que vence las tentaciones y nos aparta del mal.
Y junto al ayuno y la oración, necesitamos practicar la limosna: es decir, adquirir una actitud generosa que nos permita compartir, dar, ayudar, apoyar, y ser solidarios con nuestros hermanos. Aprender de Jesucristo a ser desprendidos, a no querer buscarnos a nosotros mismos, sino procurar siempre el bien de los demás.

La conversión es un camino. Es un camino, un proceso largo, de toda la vida, no solamente de un momento. Jesucristo fue tentado en el desierto y luchó contra el demonio, pero esa lucha no termino ahí, durante toda la vida, el demonio estaba queriéndole poner obstáculos para que no realizara la misión que su Padre le había encomendado: ¡salvarnos del pecado y de la muerte eterna!


Jesucristo, con mucha determinación, emprendió el camino hacia Jerusalén. Él sabía lo que le esperaba. En Jerusalén lo iban a ofender, maltratar, humillar, allí lo iban a colgar de un madero, pero él no se echó para atrás, permaneció fiel, y cuando llegó la hora dijo: “Padre, si es posible aparta de mí éste cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22,42). Jesucristo no le rehuyó a la Voluntad del Padre y dio un paso adelante y llegó hasta la cumbre del calvario y se subió a la cruz y cumplió la misión, recorrió el camino de la cruz para llegar a la luz, para llegar a la Resurrección, al triunfo de la Pascua.

Queridos hermanos, esa lucha continúa nos lleva a la victoria final sobre la muerte y sobre el pecado que es la Resurrección, la vida, la paz, la felicidad de nuestras almas. Que así sea.

Monseñor Pedro Pablo Elizondo Cárdenas
Obispo de la Diócesis de Cancún-Chetumal

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