Unión de vivos y muertos

La tradición a los fieles difuntos en las comunidades mayas es la oportunidad para convivir con los familiares que ya se adelantaron al inframundo; la herencia ancestral está impregnada de misticismo y elementos icónicos que evocan la concepción de la vida y la muerte como una visión circular del tiempo y de la existencia humana; durante varios días el aroma de las ofrendas para niños y adultos impregna hogares, comunidades y panteones

Alicia Villavicencio / Mestizo News

Mérida, Yucatán.- La muerte para los antiguos mayas era una oportunidad para volver a comenzar, era el renacer de una parte de las esencias que conformaban su corazón sagrado, que, después de visitar el inframundo, volverían encendidas en un nuevo corazón humano.

Esta visión circular del tiempo, en la que todo pasa y regresa continuamente, permitía a los mayas vivir con la tranquilidad de saber que partirían al inframundo, pero volverían a disfrutar la luz del sol y, mientras se encontraban en las tierras de Ah Puch el Dios de la Muerte y rey de Xibalbá, tendrían la oportunidad cada año de visitar a sus familiares para recordar su vida humana.

De hecho, para no olvidarlos, sus familiares conservaban cerca sus restos, enterrados en la parte trasera o cerca de la milpa, entonces, cuando se avecinaba el Hanal Pixán o Janal Pixán, los preparativos incluían al antiguo cuerpo del difunto, ya que diez días antes de la comida de ánimas y una vez pasados cuando menos tres años del deceso, limpiaban sus huesos y los depositaban en su osario, una pequeña caja a la que cubrían con flores. Esta práctica continúa vigente sólo en Campeche.

Encuentro familiarDías antes de iniciarse el festejo familiar, en el que vivos y muertos se reencontrarán, eligen los materiales que serán colocados en el altar, así como las preparaciones especiales, como el balché y delicias gastronómicas que agasajarán a los visitantes.

El altar se coloca con tres niveles: el primer nivel, el más bajo es el que corresponde a los menores finados, los otros dos son para adultos, en el tercer nivel se coloca una cruz pintada de verde muchas veces vestida con un hipil, que es un símbolo cristiano y representa al árbol sagrado maya, la ceiba, como el mundo y lo eterno; su vestido significaría el renacimiento.

Para encontrar el altar se traza un camino de luces que se enciende con veladoras; al llegar al altar, lo primero que encontrarán los viajeros será un vaso de agua, porque se entiende que del lugar desde donde provienen la travesía es larga y llegarán sedientos; también el incienso marca el sitio, purifica el aire y por su calidad etérea puede limpiar su esencia.

Ocho días de visita

La festividad comienza el día 31 de octubre, el “u hanal panal”, cuando da inicio la cuenta del Ocho biix, los ocho días que durará el reencuentro desde la llegada hasta la partida de las almas, ese día los niños tienen listo el primer piso del altar con manteles blancos y velas de colores, flores, chocolate, cikil sa o atole con pepita, puchero, dulce de yuca, mazapanes de almendra con formas coloridas y juguetes para que puedan divertirse desde su arribo.

El 1 de noviembre, conocido como “u hanal nucuch uinicoob” llegan al festejo los adultos, el altar ya tiene listo el balché, el atole nuevo, xec, k’aj (maíz quemado), dulce de papaya, mandarinas, jícamas, chocolate, pibes, vaporcitos, tan chucua que es un atole de maíz con cacao, anís y pimienta.

El mucbilpollo o pib, es el manjar más tradicional en esta fecha, cuyo nombre en lengua maya significa enterrado. Se trata de un tamal grande hecho de maíz con manteca relleno de carne de cerdo y de pollo que se condimenta con chile y tomate, envuelto en hoja de plátano y cocinado en un hueco en la tierra.

En la actualidad en el segundo piso se añaden además los guisos que fueron del gusto del difunto, como escabeche oriental, relleno negro, cochinita pibil, tamales colados y de x’pelón, además de bebidas como refrescos, cerveza o los que hayan sido del agrado de quien se honra, todo adornado con veladoras y flores.

En el tercer piso se coloca además de la cruz, la fotografía o fotografías de los finados, con veladoras y flores. Tradicionalmente se coloca también un machete si era hombre o un bordado si era mujer.
Además, si el difunto es hombre, en el piso del altar se colocan cuatro piedras formando un cuadrado, que señala las esquinas de la milpa. Si es mujer, son tres piedras en triángulo, que asemejan el fogón de la cocina.

Convivencia, rezos y misa

Para nuestros antepasados mayas era importante la comunidad, la solidaridad, por eso, afuera del altar, colgaban una jícara que contenía algunas de las delicias culinarias que habían preparado; esta pequeña ofrenda se llama chuyub y estaba destinada a alimentar a todas aquellas almas solitarias a las que nadie recordaba.

El día 1 todas las almas comerán, consumirán la esencia de los platillos que les fueron preparados, pero es hasta el 2 de noviembre cuando todos participarán en el festín, o u hanal pixanoob. Es tradición realizar una misa para todos los difuntos presentes y luego los familiares disfrutarán de los mucbipollos, el balché y el atole.

Pasarán cinco días más las almas en la tierra, luego, transcurrido ese período, las velas se encenderán de nuevo, habrá un vaso de agua para beber antes de iniciar el regreso; ahí despiden a todos los que vinieron, se guardan los huesos y algunos ponen viandas en el camino con la esperanza de que puedan llevarse algo al inframundo.

Las luces les mostrarán el camino, en las puertas, en las albarradas, así como lo hicieron a su llegada. Pasará un año entero para que vuelvan a verse, a sentirse, a halagar las almas de sus familiares con manjares, siempre que la tradición continúe viva.

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Legado de los ancestrosHablar de las tradiciones es como renacer y volver a vivir el legado de nuestros ancestros mayas, señala Juan Ake, curandero en la comunidad Sanahcat, a 60 kilómetros de Mérida, Yucatán.

Comenta que los altares son de dos tipos, según el rango social y la posibilidad económica de las familias, aunque eso no significa que distan de importancia uno del otro.

El altar del maya pobre o macehual, se construye a base de cuatro horquetas amarradas entre sí con palos también de monte, de manera que se forma un rectángulo que se complementa con un tapesco de bajareque; se cubre con hojas de plátano o palma de chit, para revestir con paños blancos o bordados a mano por las señoras de la casa.

La ofrenda principal era la comida que se ponía en jícaras -impares por cierto porque los números pares bloquean la llegada de las ánimas-; las fotos, flores de la región, las herramientas de trabajo (si era varón) o agujas de bordar y estambres (si era dama), y velas hechas artesanalmente -también impares-, acompañaban a la cruz hecha de madera de monte y vestida con un hipil, pues los mayas creían que ésta (la cruz), era mujer.

La sal no puede faltar en el altar, pues representa el fuego que da calor al camino de ida y vuelta de los difuntos.

Don Juan comenta que si en la familia hay niños muertos, colocan los dulces, ropas, sandalias y hasta juguetes.

“El otro altar, el de tres escalones (también hecho a base de madera de monte) que se daban el lujo de hacer las familias de mayor posición y que se conserva hasta nuestros días al igual que el anterior. “La diferencia es que los manteles para los adultos eran bordados con hilos morados o cafés, al igual que las velas de color negro o café”.

El segundo escalón –explicó- era dedicado a los niños, y su manto se adornaba con hilos de colores como el amarillo, el rosa, el azul y el tradicional rojo; que se acostumbra poner en las muñecas de los recién nacidos para evitar el “ojo”.

El último nivel también lleva velas, pero todas blancas, al igual que el bordado del mantel, que significa pureza y divinidad, ya que en este espacio se concentra la cruz vestida de hipil, y los santos a los que la familia rinde devoción, incluso como se acostumbra en la actualidad, y nada más.

La singularidad en ambos altares, es que las flores deben ir en recipientes de barro, plásticos u otro material que no sea cristal, “ya que las ánimas se reflejan en estos y se ahuyentan para nunca más volver”.

Lo más importante para que tengan sentido son los rezos y novenarios, pues si sólo ponen comida, se cree que “es una ofensa a los fieles difuntos que descargaron su ira e indignación, asustando a los familiares hasta el siguiente año que reparen su falta”.

El sacerdote maya, Crisanto Cahum, acompañado de ocho chamanes, dirigirá los días 1 y 2 de noviembre una emotiva ceremonia para recordar a los difuntos y llamar a las almas para que vengan al mundo de los vivos. “Y al otro día nuevamente pasan de tumba en tumba para regresar las almas y que estas no queden penando en el pueblo, en la montaña, y regresen donde deben de estar”.

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Inculcan tradición en niños y niñas

Manuel Sánchez/Mestizo

Ana María Sánchez es una educadora que cada año motiva a niños y niñas en edad preescolar a preservar el tributo a los difuntos.

Originaria de Campeche, recuerda cómo desde pequeña su abuela se preparaba para recibir a los difuntos, festividad que permite que los integrantes de las familias se reúnan para honrar a quienes se adelantaron en el camino de la vida.

Por eso, dedica algunos minutos de su clase para hablar del tema y sobre todo para montar el tradicional altar y explicar sus elementos.

Señala que aunque muchos niños y niñas ya tienen la costumbre de celebrar Halloween, también tienen interés por el festejo tradicional.

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