El invisible costo de la crisis educativa en pandemia

Irma Ribbon
@IrmaRibbon

Desde el comienzo de la pandemia, el cierre de escuelas fue considerado casi universalmente como un mecanismo para prevenir el contagio. La idea se basaba en presunciones más que en pruebas. En las primeras etapas de la pandemia, los gobiernos navegaban temerosos en un mar de ignorancia. Aunque los niños no fueran susceptibles a enfermarse gravemente, se presumía que eran eficaces transmisores del virus.

Nada puede justificar que se mantengan cerradas las escuelas cuando al mismo tiempo se reabren restaurantes, bares o centros comerciales. El cierre prolongado de las escuelas tenía por objeto proteger a los adultos que corren un mayor riesgo de enfermar gravemente, quizás en vano.

Los cierres prolongados de escuelas desde marzo de 2020, como consecuencia de la pandemia del COVID-19, han provocado la crisis educativa más grave de los últimos 100 años.

No hay estimaciones sobre los beneficios del cierre de escuelas. En cambio, el costo de mantener las escuelas cerradas en términos de aprendizaje, salud mental y desarrollo socioemocional de los niños es astronómico. A pesar de los loables e imprescindibles esfuerzos de los países por ofrecer educación a distancia, que implican rápidos ajustes, muchos países son conscientes de que la educación a distancia ha sido una compensación débil, desigual y muy parcial de la educación presencial. Las pruebas de ello son cada vez más numerosas.

Para innumerables niños y jóvenes, la escuela es el único espacio seguro de estimulación, socialización y aprendizaje significativo. Ese espacio ha desaparecido para demasiados y durante demasiado tiempo. Mientras las escuelas estaban cerradas, las oportunidades de los niños para la estimulación educativa estaban definidas por las condiciones en el hogar. Para los más afortunados, esas condiciones incluían una conexión a Internet, acceso a libros, un espacio para trabajar y padres o tutores que les orientaran. En esas condiciones, es posible cierto aprendizaje. Otros carecían de esos requisitos previos para el aprendizaje y, en consecuencia, perdían toda su experiencia de aprendizaje. Las marcadas diferencias entre los entornos de aprendizaje de los niños en sus hogares durante la pandemia son un ejemplo de la desigualdad de oportunidades.

Las decisiones sobre la apertura de escuelas, así como las acciones políticas para el aprendizaje acelerado, deben estar respaldadas por la evidencia disponible, y no estar influenciadas por consideraciones políticas. La apertura de las escuelas debe ser segura, flexible y voluntaria.

Todos debemos reconocer que las tareas pedagógicas, administrativas y logísticas que conlleva el proceso de reapertura son extremadamente difíciles. Pero también debemos recordar que, aunque hagamos todo lo posible por recuperar el aprendizaje, no podemos volver atrás en el tiempo, y que el aprendizaje perdido, el juego perdido y la estimulación perdida en la infancia y la adolescencia son difíciles de recuperar. Nadie vuelve a tener 6 o 7 años.
Proteger y recuperar el aprendizaje de esta generación de niños y jóvenes es un imperativo moral. Cada día es importante, por lo que debemos actuar ahora para proteger el futuro de nuestros niños.

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